¿Nos interesa aún esto de las máscaras?


 Interés de las nuevas generaciones. Por Heiner Vega.

Costa Rica, así como muchos países de Latinoamérica; mantiene vivas tradiciones que se disfrutan a lo largo y ancho del territorio nacional. Tradiciones que, sin importar su origen, se conocen desde Peñas Blancas hasta Paso Canoas y que son herencia de nuestros abuelos. Se viven cada año. Se disfrutan en familia e individualmente y las nuevas generaciones se hacen partícipes de tales fiestas.

El festival de la luz siendo un espectáculo tan familiar y divertido, lleva marcando desde 1996 el inicio de las fiestas capitalinas de fin de año. Fiestas en las que encontramos otra celebración nacional imperdible: los toros a la tica. Actividad que se remonta desde la colonia y que pequeños y grandes disfrutan por igual a pesar de las polémicas que estas tradiciones generan.

 Lo cierto es que estas tradiciones costarricenses han sobrevivido el paso de los años y su vigencia no se pone en duda, pero ¿Siguen teniendo el mismo impacto en las generaciones actuales?

Para responder esa pregunta voy a enfocarme específicamente en una tradición que celebramos cada 31 de octubre en contra posición del Halloween norteamericano. Un festejo que incluye música, bailarines, corridas, artesanos y hasta un poco de violencia si nos ponemos algo meticulosos. Hablo de la tradicional mascarada costarricense.

 Odiada por muchos y amada por otros, la mascarada tradicional costarricense celebra desde 1997 su día nacional acompañadas de la inseparable cimarrona, los diablos y brujas, personajes animados, celebridades y hasta famosas figuras comunitarias según el cantón donde se celebren.

Buscando la respuesta; nos dimos a la tarea de visitar a un experimentado mascarero del cantón de la Unión en Cartago: Don Julio Quesada, promotor de la tradición local y además dueño del grupo Mascaradas la Carpintera.

 La experiencia de visitar el taller de don Julio fue más que enriquecedora. Aprendimos el proceso desde cero de una máscara de fibra de vidrio y la tradicional máscara de papel. También nos enteramos que hay máscaras que son solo para golpear a los valientes que se atreven a correr delante de las gigantas. En palabras de don Julio, esta corrida para salvar la cabeza de ser abierta por una máscara golpeadora se llama “Moronear”, ahí el origen del famoso término “pegar morón”.

Es muy interesante saber que ciertas costumbres iberoamericanas incluyen la violencia como una parte fundamental de las mismas. En muchas ocasiones estas muestras de peligro y violencia son la esencia de la tradición. Como ejemplos de estas muestras de violencia podemos mencionar a la Tauromaquia en España (Donde las víctimas son las bestias mismas). Las corridas de San Fermín o el Ritual ceremonial del Tinku, celebrado en algunas comunidades de Potosí, al norte de Bolivia.

 En Costa Rica sabemos bien que el corazón de los toros a la tica son los “Levantines”, cuyo significado coloquial es: Lo agarró el toro al pobre infeliz.

 Si en una corrida de toros a la tica no hay levantines, se puede decir que la corrida estuvo mala, aburrida y además los visitantes del redondel perdieron su dinero. Aunque salgan heridos de gravedad, la fiesta de seguir.

En el caso de la mascarada costarricense y por las palabras de don Julio, en los desfiles mascareros del cantón de la Unión si algún desafortunado no sale con la cabeza rota, esa corrida no fue de calidad.

Don Julio reconoce que, aunque es un promotor de la tradición y afianzado mascarero, no disfruta de la tradición tanto como quisiera debido a que se le agarra mucho morbo y la violencia puede elevarse de tono en muchas ocasiones, provocando que una fiesta familiar no sea exactamente muy familiar. En este enlace podemos ver la realidad de las fiestas en la Unión cuando la tradición llega a su punto máximo.



Además de las máscaras golpeadoras, tenemos las máscaras enanas; que contrario a su nombre son las más grandes en cuanto a dimensiones, pero al carecer de cuerpo o vestido se ven diminutas en estatura, de ahí su nombre.

 El diablo, el pizuicas, los minions, Mickey Mouse, personajes de la comunidad local y también brujas de todo tamaño y color se pueden encontrar en este colorido taller que se confunde con un museo mascarero porque la atención y el amplio conocimiento del tema de parte de Julio no te dejan respirar ni un momento, haciéndote parte de la experiencia. 



Lo cierto es que más allá del morbo que puedan generar las corridas o morones, los colores, la música y el alegre baile de las pasadas de mascaradas genuinamente sigue llamando la atención de jóvenes y adultos por igual, no importa la edad; cualquier tico te puede decir con facilidad que es una mascarada y una comparsa. Además, los jóvenes fuertes y enérgicos son los encargados de llevar la responsabilidad de tener una máscara encima, pesada y caliente a veces hasta por 2 horas o más, pero la alegría y la emoción que se lleva en las venas al meterse en el papel de la giganta es indescriptible.

 La mascarada costarricense es una tradición que se niega a morir. Contrarrestando las tradiciones ajenas a la costarricense, las mascaradas se mantienen firmes contando leyendas e historias dignas de una buena tarde de café y unas cuantas risas. Cada octubre, las obras de los artesanos llenan los colegios, universidades, escuelas, calles e instituciones que velan por mantener viva esta tradición más tica que le gallo pinto y el Pura vida.

 Acérquese, disfrute y déjese llevar por las maravillas que la mascarada tradicional costarricense tiene por ofrecer.








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